"Cristina y Urco"
"Cristina y Urco"

 

 

 MADRES

 

Un poco de historia

 

La iconografía de la maternidad ha sido, probablemente, uno de los asuntos más frecuentados por la historia del arte, desde las tempranas figurillas paleolíticas conocidas como “venus” hasta los últimos capítulos de la creación contemporánea. La lactancia ha tenido asimismo una significativa presencia en numerosas manifestaciones artísticas de distintas épocas y contextos culturales, no solo en Occidente, también en el arte precolombino, africano y asiático. Existen, por ejemplo, diversas efigies de la diosa Isis lactante entronizada junto a Horus dentro del arte egipcio del periodo tardío y representaciones tempranas del arte copto, igual que en el arte fenicio la diosa madre Astarté, una asimilación de la Innana sumeria o de la Isthar mesopotámica. Todas ellas constatan el culto a la Gran Diosa, identificada con la Madre Tierra (Gaia), divinidad suprema de la fertilidad, ampliamente extendido entre las culturas mediterráneas. Del mismo modo, en el arte griego encontramos imágenes de la diosa Hera amamantando a Heracles, origen del mito de la Vía Láctea, o de la llamada Kourotrophos (la que nutre al niño), similar a la Magna Mater romana.

 

Las primeras representaciones del arte paleocristiano, a partir del fresco de la Virgen amamantando al Niño de las Catacumbas de Priscila en Roma (uno de los primeros modelos de iconografía mariana), van a homologar la imagen de la Virgen con la de las diosas-madre de la antigüedad. La virgen lactante, apodada Virgen de la Leche o Virgen del Reposo, se desarrollará sobre todoa finales de la Edad Media y durante el Renacimiento, bien entronizada con el niño en su regazo, descansando durante la Huida a Egipto o junto a algún santo adulto como ocurre con la lactación mística de San Bernardo. El arte bizantino cultivará incluso una tipología específica, denominada Galactotrofusa, característica de la iconografía ortodoxa. Con el Concilio de Trento este tipo de representaciones se verán drásticamente reducidas por considerarse impúdicas; limitaciones que, por desgracia, han persistido en el tiempo (por ejemplo, en la época victoriana, las madres cubrían su rostro con un paño para poder fotografiarse junto a sus retoños y hoy la censura sigue siendo una constante en las redes sociales). Con todo, las representaciones de la virgen madre nutricia del arte cristiano han dominado la iconografía de la lactancia en la historia del arte –salvo curiosas excepciones, como la de Magdalena Ventura en “La mujer barbuda”, firmada por José de Ribera en 1631hasta bien entrado el siglo XIX, en el que comienzan a propagarse las maternidades que restringen a las mujeres al ámbito privado, asunto este que será retomado una y otra vez por los grandes nombres de la Historia del Arte.

 

Todas estas obras, firmadas casi siempre por hombres, van a imponer un ideal de maternidad fabricado desde la perspectiva masculina y bajo el prisma del patriarcado. Se trata de una madre, casi siempre de un varón, que se presenta como símbolo de pureza y modelo de virtudes, igual que la Virgen: inmaculada, abnegada, intachable, complaciente, sufrida, omnipresente… Esta construcción cultural va a fomentar un modelo de subjetividad y un comportamiento específico que ha tenido un hondo calado en el inconsciente colectivo, extendiendo la idea de que todas las mujeres poseemos el mismo instinto maternal –como si no fuéramos capaces de tomar nuestras propias decisiones– y solo alcanzamos nuestra plenitud en el momento en que nos convertimos en madres. El resultado es una maternidad prefijada y prefabricada que responde a una ideología de instrumentalización hacia las mujeres, llena de presiones e imposiciones que dispensa todo un repertorio de normas que dictan cómo debe ser una buena madre, obviando por completo sus necesidades y su bienestar.

 

Con el cambio del siglo XIX al XX, las mujeres comenzaron a representarse a sí mismas, liberándose de algunos estereotipos o roles impuestos, y mostrando la maternidad y la lactancia desde otro punto de vista, sobre todo a partir de la segunda ola del movimiento feminista. Desde Mary Cassatt, Paula Modersohn-Becker, Kathe Kollwitz, Tamara de Lempicka, Frida Kahlo, Gertrude Stanton, Dorothea Lange, Diane Arbus, Tina Modotti o Lola Álvarez Bravo hasta algunas artistas de la Womanhouse, Mary Kelly, Annette Messager, Sally Mann, Vanessa Beecroft, Catherine Opie, Rineke Dijkstra, Renee Cox, Ana Casas Broda, Nicola Constantino o Ana Álvarez-Errecalde –y estos son solo algunos nombres–, hay significativos ejemplos de artistas que reflejan la experiencia de ser madres bajo nuevos parámetros bien alejados del modelo cristiano impuesto en Occidente.

 

 

Alma Máter

 

Con estos precedentes, llegamos al proyecto “Alma Máter” de Isa Sanz, compuesto por una serie de fotografías de mujeres amamantando a sus hijas o hijos. Un primer plano de un seno con leche materna vertiéndose sobre una mano –símbolo de transferencia que encarna la energía de la vida y, seguramente, nexo de unión con su anterior trabajo sobre otro fluido que conecta con los ciclos naturales: la sangre menstrual (“Sangro pero no muero”)– sirve de prólogo al proyecto.

 

Cada fotografía está rubricada con el nombre de la madre y el de su hija/hijo, de manera que no se trata de mujeres anónimas, sino que estamos ante personas con identidades diversas retratadas en el instante en que forman un solo cuerpo con sus crías y, en cierto modo, componen la misma unidad simbólica. Isa Sanz visibiliza la relación materno-filial para indagar precisamente en lo no visible. El acto de amamantar nos remite al momento original de nuestra existencia y también al inicio de nuestro camino hacia la independencia; un instante de comunicación, marcado por el contacto profundo, tan trascendente como complejo, que inaugura un proceso de tránsito, crecimiento y construcción identitaria, tanto para la madre como para su hija/hijo, que resulta nuevo para ambos.

 

La misma escena se repite en todas las fotografías. Solo cambian las protagonistas, la posición de sus cuerpos y el emplazamiento. Las madres comparten y hacen visible ese instante íntimo que constituye la experiencia de dar el pecho en el espacio público, solo que aquí el lugar que servía de contexto a las representaciones religiosas de antaño (la llamada Gruta de la Leche, donde la Virgen amamantó al niño durante su huida a Egipto, tiñendo las rocas de blanco con su líquido “milagroso”), es ahora un bosque, un claustro, la playa, una escuela, una calle en medio de la ciudad o su propia casa; entornos más o menos cotidianos a los que otorga nuevos significados y funciones.

 

Las madres posan orgullosas y firmes, bien asentadas en el espacio, con poco atrezo. Todo está cuidado, pero la imagen final resulta espontánea y natural. La complicidad entre madre e hija/hijo se proyecta asimismo entre cada una de estas mujeres y la fotógrafa en un ejercicio de confianza mutua. Isa Sanz fija el objetivo de su cámara en los ojos de las protagonistas que, de este modo, miran directamente a los nuestros provocando la confluencia, abriendo un diálogo y estrechando la distancia emocional. Mientras que las representaciones del pasado solo nos permitían acceder al espacio privado como simples voyeurs, estas fotografías fomentan una experiencia compartida cuyo eje es la mirada directa.

 

“Alma Máter” nos sitúa frente a mujeres valientes que superan cada día los miedos, dudas e incertidumbres que lleva aparejada la crianza y el cuidado de una persona en los primeros estadios de su vida. Sin embargo, su mirada, igual que la posición de sus cuerpos, transmite sensaciones de bienestar, armonía, serenidad y, sobre todo, empoderamiento, ya que se afirman como madres, pero también como personas. La decisión de dar el pecho seguramente haya obedecido a motivaciones muy diversas y no a una mera imposición cultural o a una ráfaga de instinto. Estas mujeres parecen asumir su papel materno como una vivencia consciente ejercida desde la libertad; han decidido implicarse en el cuidado afectivo y activo a través de la lactancia, a sabiendas de que esta puede ser profundamente dolorosa y de que la crianza no resulta fácil en un sistema como el nuestro, que penaliza la maternidad. Las mujeres que deciden ser madres se ven obligadas a hacer frente a numerosas dificultades –por no decir auténticos malabarismos– para conciliar lo personal, lo familiar y lo profesional, obstáculos en su vida laboral, ciudades llenas de trabas, y todo un repertorio de presiones y prescripciones que responden a intereses económicos, políticos e ideológicos, ignorando que la maternidad es un valor que enriquece al conjunto de la sociedad y hace que el mundo, tal como lo conocemos ahora, siga girando.Vale la pena recordar que lo personal –tal como advirtiera Kathe Millet en su momento– también es político y, por tanto, nos incumbe a todos, independientemente del género que nos hayan asignado. Alimentar con el propio cuerpo es, ante todo, una muestra de amor que requiere mucho coraje, responsabilidad y una entrega que muchas veces desborda los límites de lo que imaginamos. Visibilizar esta labor invisible, tal como nos propone Isa Sanz en este proyecto, es poner en valor y dignificar el acto de mayor generosidad que un ser humano puede tener hacia otro.

  

 

Marta Mantecón. Historiadora del arte y comisaria.

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