" INDÓMITA reflexiona sobre el acto de reconocer y validar la fuerza personal, donde yace sobre nuestro espíritu salvaje, sin domesticar. La indómita ha transitado su luminosidad y su oscuridad. La indómita no es mirada, ella mira. La indómita profesa un acto de amor profundo hacia su propia naturaleza. La mujer indómita camina sobre el amor y la sensibilidad para con ella misma. La indómita está conectada con las fuerzas de la naturaleza. La indómita tiene un instinto vivo. La indómita conoce su paz y su violencia."

 

Isa Sanz

 

 

 

INDÓMITAS

 

Todo lo que se dobla se rinde o se humilla. Así que yérgase.

Chantal Maillard[1]

 

 

La RAE define como indómito, ta. (del latín, indomĭtus) a quien no se puede o no se deja domar. “Amaestrar”, que en francés se traduce como élever, significa literalmente “elevar”. El verbo también se utiliza en el sentido de “educar”, pero en ambos casos se trata de elevar al que se supone inferior, sostiene Chantal Maillard[2]. Si lo natural es lo que no se puede controlar, lo doméstico, tal como afirma Jana Leo, “no remite al espacio que nos pertenece, sino al que pertenecemos; no es el espacio de nuestro dominio, sino el que nos domina pero sobre el que tenemos cierto control: sabemos cómo opera, que está regulado y que tiene tiempos, repeticiones y ritmos”[3]. Indomable es, por tanto, quien se resiste al proceso de domesticación, incluyendo todo el repertorio de comportamientos normalizados que dicho régimen trae consigo.

 

Esta serie de fotografías muestra a mujeres de distintas procedencias, retratadas a plena luz del día en diversos emplazamientos naturales de la isla de Ibiza, al otro lado de la valla, donde se sitúan quienes se rebelan contra las diferentes formas de colonización. Cada imagen encierra una historia rotulada con sus nombres. Isa Sanz presenta una colección de registros donde estas mujeres, sin más atributos que su sola presencia, aparecen de cuerpo entero, siempre en un escenario recóndito pero abierto, con el pecho desnudo –expresión de libertad–, sin miedo a mostrar lo que tienen de vulnerables. Son retratos directos, con luz natural, sin artificios. Su pose es segura, de frente. Su mirada firme, directa. No son complacientes ni dóciles, quizá porque han sabido preservar el hilo que las conecta con su lado salvaje. Su genealogía se remonta hasta Lilith, Kali, Boudica, Sycorax, así como a una larga estirpe de brujas y sujetos femeninos, míticos o reales, que no se doblegaron a la dominación patriarcal ni a sus métodos disciplinarios.

 

Asumir la violencia política de las mujeres, tal como sugieren estos retratos, supone desafiar las construcciones sociales y culturales de sexo/género, pobladas de mitos y estereotipos, como la mística masculina de la violencia o el viejo enunciado de que las mujeres somos pacíficas por naturaleza, que solo han servido para perpetuar una posición subordinada[4].

 

Frente a la lógica capitalista, construida sobre la explotación de las mujeres y la naturaleza, el mito de la buena salvaje, señalado implícitamente en esta serie, se presenta como un arquetipo de la psique que reside en la fuerza interior y en la capacidad de la propia subjetividad para afirmar la fuerza vital, la autoestima y la libertad. Alicia H. Puleo apunta en este sentido que las buenas salvajes contemporáneas constituyen “un expediente crítico con funciones deslegitimadoras del complejo tecnocientífico occidental”[5], ofreciendo una alternativa civilizatoria no contaminada por la cultura patriarcal, por lo que es preciso descartar cualquier esencialismo.

 

Pese a estar investido de relaciones de poder, según el pensamiento foucaultiano, el cuerpo es un ser “multilingüe”[6]. Las indómitas de Isa Sanz se encuentran profundamente conectadas con él, igual que con la naturaleza que las respalda y cobija. Insumisas, combativas, lúcidas y conscientes, se presentan sin coraza, gozando del hecho de saberse desnudas, en calma, aprendiendo el no-miedo y afirmando su no-identidad libremente. Son mujeres de pie, erguidas, que subvierten tanto la feminidad normativa como el modelo de representación que ha dominado el gran relato de la Historia del Arte, al repetir hasta el infinito esa tipología iconográfica definida con acierto como “fenómeno de la mujer reclinada”[7].

 

No es la primera vez que esta artista dirige su objetivo hacia otras mujeres. La práctica del affidamento o sororidad es una constante en su forma de proceder, de modo que cada proyecto implica siempre un proceso de intercambio, complicidad y mutua confianza, como puso de manifiesto en “Buscadores de visión”, “Alma Máter”, “Las diosas en ti” o “Sangro, pero no muero”. Isa Sanz retrata personas que conoce y se autorretrata con ellas porque juntas tejen la urdimbre. La naturaleza se presta como anfitriona del encuentro, construyéndose como un campo de energías cruzadas.

 

Todas las fotografías que vertebran la serie comparten una serie de notas comunes; sin embargo, cada una de estas mujeres posee su propia resonancia. La autora devuelve la atención al singular para presentarlas en primera persona, sabiendo que no es fácil contar lo semejante. Firmemente asentadas en el espacio, las indómitas están presentes con todo su ser, son el centro de su propia narrativa, leales a sí mismas, dueñas de sus acciones y su jouissance. Ellas son su propio altar. Conocen su sombra, pero también su luz. Son ellas las que miran, así que no procede la mirada voyeur. Lo significativo aquí es el reconocimiento que, volviendo a la RAE, es la acción y el efecto de reconocer o reconocerse.

 

Marta Mantecón. Historiadora del Arte.

 

 

 

[1] Chantal Maillard: La mujer de pie. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2015.

[2] Ibídem. p. 70.

[3] Jana Leo de Blas: El viaje sin distancia. Perversiones del tiempo, el espacio y el dinero ante el límite en la cultura contemporánea. CENDEAC, Murcia, 2006. p. 276.

[4] “La lucha por la ciudadanía descansa sobre la base de que las mujeres son seres políticos, no naturales”. Cf. María Xosé Agra Romero: “Con armas, como armas: la violencia de las mujeres”. Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política, nº 46, enero-junio 2012. p. 52.

[5] Alicia H. Puleo: “Madre-Naturaleza y la buena salvaje en la crítica ecológica e indigenista”, en Feminismo y Multiculturalismo. Instituto de la Mujer, Madrid, 2007. pp. 234.

[6] Clarissa Pinkola Estés: Mujeres que corren con los lobos. Ediciones B, Barcelona, 2001. p. 163.

[7] “Con esta expresión aludo a la proliferación de figuras femeninas que se asemejan por su aire de nonchalance, que imprime claramente el cuerpo tumbado, acostado, echado, recostado, o inmerso en la molicie para disfrute del autor de la obra y, se supone también del espectador”. Cf. Juan Vicente Aliaga: Orden fálico. Androcentrismo y violencia de género en las prácticas artísticas del siglo XX. Akal, Madrid, 2007. p. 29.

 

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